Nuevos ojos, pequeños retos

Entre los pocos y buenos amigos que me precio de tener conozco a una persona muy especial de la que he aprendido y aprendo muchas cosas. Una de esas cosas es su enorme capacidad para contagiar “ilusión”, para creer en algo, pero sobre todo para “ver con nuevos ojos”. Y todo ello desde la avidez de quien está siempre con ganas de aprender y con el convencimiento de que conocer y saber, sin prejuicios, es precisamente tratar de enfocar las cosas desde otros puntos de vista. Por eso, y también porque este nuevo reto se basa en el conocimiento, en las personas, en la percepción y en el territorio, he decidido iniciar esta colaboración parafraseando a Marcel Proust: “El acto real de conocimiento no consiste en encontrar nuevas tierras sino en ver con nuevos ojos” Mi analfabetismo y desconocimiento de la cuestión del “territorio” son absolutos. Mi conocimiento sobre las personas y su forma de relacionarse, de comunicarse, de expresarse, de organizarse para un fin y en definitiva desarrollarse personal y profesionalmente en determinados entornos, es el que he podido obtener a través de la experiencia en el ejercicio de la Psicología del Trabajo y de las Organizaciones, y fruto de la práctica profesional como directivo de empresas de personas, que trabajan para personas. Otro gran amigo, que se define a sí mismo como “experto en poner de acuerdo a personas”, aludía a la obsesión o la necesidad que muchas empresas y organizaciones manifiestan de grandes cambios y de trastocarlo todo. Estoy de acuerdo. A veces con cambiar muy poco, podemos estar mucho mejor, en lugar de estar esperando que alguien haga algo para arreglar las cosas. Porque, a veces, no es el sistema neoliberal, no es la conspiración universal, ni el gobierno de unos pocos, allá lejos, en Europa o en EE.UU., sino que somos las personas concretas, las que están muy cerca, las que lo destrozan todo, y las que también tienen la posibilidad, y las ganas, de arreglar muchas cosas. Una de las cosas que más me ha ayudado a cambiar pequeñas cosas (y no tan pequeñas) en mi trabajo de dirección de personas, y que mejores resultados inmediatos me ha proporcionado en las relaciones laborales y sociales, es la puesta en práctica de algunos aspectos de la Responsabilidad Social Corporativa (RSC), conocida también como la responsabilidad social empresarial, reputación corporativa, etc… Existe mucha teoría y de muy reciente producción acerca de este fenómeno sobre la que no voy abundar ni aburrir en este blog, pero sí hay una definición sobre ella que es la que más se ajusta a mi forma de entender la relación entre las personas, las empresas y la sociedad y que mejor refleja, a mi juicio, el espíritu de una red de progreso territorial, de este proyecto “RePTe”, porque entrelaza a personas y empresas con su entorno, y entre todos ellos, se aportan valor mutuamente. Esa definición de la RSC habla de procesos “sencillos” pero “concretos” de cooperación y competencia a través de lo cuales las interacciones sociales entre iguales, entre entidades y empresas, “entre todos”, producen comportamientos empáticos (ponernos en el lugar de otros) y altruistas (desinteresados) que involucran respuestas afectivas (sensación de apego y pertenencia), capacidad cognitiva (conocimiento), regulación emotiva, confianza, preferencias sociales y sobre todo reciprocidad. Estudiosos de la Responsabilidad Social Empresarial (RSE) aseguran que ésta se crea por las interacciones sociales y reciprocidad que impulsa la cooperación y la competencia en las organizaciones (primera etapa), la cual a su vez, a través de la empatía colectiva y el altruismo, también dentro de una empresa u organización (segunda etapa), evoca actividades de RSE (tercera etapa). Fuera de la empresa, la RSE genera en los grupos de interés (clientes, administraciones, otras empresas, entidades locales, etc…) confianza y preferencias sociales, posiblemente por medio de un mecanismo de recompensa (cuarta etapa). Y si además de basarse en procesos sencillos, esas interacciones se circunscriben en un territorio particular y acotado, la responsabilidad social funciona como un ciclo “neural” por etapas, que pueden llegar a constituir un verdadero y deseable “círculo vicioso”: la confianza y las preferencias sociales en los grupos de interés o stakeholders (cuarta etapa) a través de la reciprocidad promueven la cooperación con la organización (primera etapa). Parece que hoy, más que nunca, existe una necesidad de redefinir la relación de la sociedad con la naturaleza y conceptualizar de nuevo la sostenibilidad, redefinir la relación de la sociedad con la economía y hablar de capital social, redefinir la relación de la sociedad con la empresas y colaborar en planes de responsabilidad corporativa, y de la relación de la sociedad con sus gobiernos, para hablar por fin de gobernanza. Y parece que la responsabilidad social así entendida puede constituir un nuevo estilo de planificación del desarrollo y del progreso territorial. En definitiva, ojalá ese círculo vicioso generado por esta forma de responsabilidad social territorial pueda encarnar estas dos ideas propuestas a lo largo de este post: ser esos nuevos ojos que permitan ver el potencial que ya posee nuestro territorio y empezar por pequeñas cosas que están al alcance de la mano de todos y cada uno de nosotros. Creo que el reto de este nuevo proyecto del que estoy totalmente “contagiado” por esa persona a la que me refería al inicio del post (mi hermano y amigo Manuel), consiste en efecto, no en descubrir nuevos territorios llenos de oportunidades en los que introducir grandes cambios y soluciones, sino más bien, redescubrir nuestros territorios mirándolos, entre todos, con nuevos ojos. “… A veces con muy poco podemos estar mucho mejor…”

Jorge Peña Ferrando

Psicólogo y Consultor RePTe

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